La naturalización del error

La naturalización del error

Soy portero de fútbol. Me gusta serlo. Bailar sobre la línea que delimita lo más decisivo dentro del fútbol es arriesgado y conlleva un nivel de presión adictiva. Esa presión que siento cuando todos mis compañeros están vendidos y dependen de un pie, una mano o cualquier otra parte de mi cuerpo que evite que el balón traspase la línea de gol. La vida del portero es ordenada. Está delimitada a unas líneas que conforman el área, a otra en el fondo y a las únicas tres líneas tridimensionales del campo: los postes. De entre cuatro posiciones y sus respectivas ‘subposiciones’ de las que se compone el fútbol, yo soy portero, pero no quise serlo. La más tierna infancia futbolística suele ser egoísta con ese jugador diferente de guantes ajustados. En esas cortas edades lo que manda es el gol.

Yo, como la mayoría de mis compañeros y compañeras de clase, no quería ser portero. A mí me gustaba ser defensa, algo extraño también en un chico joven que comienza a tener sus primeros contactos con el balón. Sin embargo, las (benditas) cosas del destino decidieron que un día asumiría el rol de meta. Dentro de mi gran inclinación defensiva, en la portería me sentía como el defensa más decisivo. Eso, unido al buen partido que nuestro equipo cuajó, me abrió los ojos. Pocos días tardé en adquirir mis primeros guantes, en llegar a casa con las primeras quemaduras en la rodilla y en decepcionarme por los goles que encajaba. Poco a poco fui comprendiendo que esa demarcación no la puede sobrellevar cualquiera. Los fallos como portero pesan el doble que en cualquier otra posición del terreno de juego.

Los goles a favor son abrazos y sonrisas. Esos goles que el portero suele celebrar solo, pegando un puñetazo al aire con rabia al haberse hecho bueno su posible trabajo. Ya que el trabajo del portero también depende de sus otros diez compañeros. Si estos consiguen convertir sus ocasiones arriba el trabajo del meta en la portería se verá implementado doblemente. Todos dependen de ti y nada depende de ti. La mayoría de los guardametas que mi afición futbolística me ha permitido conocer son víctimas de su propia virtud. Un escaso número de porteros sueñan con serlo en su infancia. Sin embargo, su gran desempeño bajo palos acaba haciendo realidad un sueño que se visualizaba en otra parte del campo.

La incipiente evolución en la demarcación de portero ha permitido a este sentirse partícipe del juego. Pep Guardiola fue un pionero a la hora de reinventar la posición del meta en la figura del ya retirado Víctor Valdés. De esta forma, el guardameta pasó a ser protagonista en muchas más acciones, inclusive, a nivel ofensivo. Numerosos equipos están adaptándose a esa evolución en la portería haciendo partícipe al portero de la salida de pelota desde atrás en ese juego por intentar encontrar superioridades mientras se avanza hasta la portería contraria.

Tras unos meses pudiendo ver toda clase de deportes y equipos de la provincia de Albacete, he de decir que siempre me ha llamado la atención la actuación de un guardameta. La Liga Iberdrola es una competición que, en los últimos años, ha dado pasos de gigante en lo que al aspecto mediático se refiere. Ello ha permito mejorar la competición en muchos factores. Después de haber podido disfrutar en directo de varios encuentros de Liga Iberdrola en la Ciudad Deportiva Andrés Iniesta tengo que decir que no ha habida ningún partido en el que la actuación de Elena de Toro no me haya convencido.

El hecho de ser portero, a nivel infinitamente menos profesional, hace que siempre me fije, algo más, en las acciones de los porteros y porteras por encima de cualquier otra demarcación. Dentro de una competición que se encuentra aún en pleno desarrollo y pendiente de experimentar una madurez plena, que algunos equipos, como el Fundación Albacete, apuesten por un rol así en la portería es algo muy positivo. Elena de Toro no es una portera al uso. La meta titular del Fundación Albacete es una jugadora de campo más. Por momentos parece actuar más como libre que como guardameta, con el riesgo y alta posibilidad de fallo que ello conlleva. Sin embargo, si la función se realiza del modo adecuado las ventajas son infinitas.

Elena es una opción más en la salida de balón del Fundación Albacete, es la última defensora cuando los balones a la espalda nos son frenados por la línea principal de defensoras y es fuerte emocionalmente. El fallo es inherente al portero, así como este lo es para su equipo. Y para mantener ese nivel de competitividad óptimo en el encuentro el fallo se debe entender como algo rutinario. Al igual que tras una parada el portero sigue desempeñando su trabajo sin alteración alguna. El fallo y la parada deben provocar la misma losa. Elena de Toro tiene muy en cuenta ese pensamiento, ya que después de algún error ha seguido mostrándose igual que antes del mismo. Ahí es donde está la verdadera calidad y cualidad de un meta seguro de sí mismo. Elena lo es y, dentro de un rol totalmente novedoso en la portería, ha sabido desabrocharse los grilletes del miedo al fallo para ser una jugadora más dentro de un deporte donde el portero siempre ha sido defenestrado.

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