¡Árbitro, por favor… !

¡Árbitro, por favor… !

Todavía recuerdo la cara de mis padres, cuando con dieciséis años, les dije que quería aventurarme en el curso de iniciación de árbitros. Recién ingresado en el bachillerato de Ciencias Sociales y ¡quería ser árbitro! Creo que mis padres no lo entendieron, incluso me arriesgaría a decir que yo tampoco, pero en la adolescencia los jóvenes se mueven por corazonadas. Siempre estuve ligado a las reglas del deporte rey en Europa, y no me costó mucho sacármelo. Vine mi primera vez a Albacete a recoger las equipaciones y me pareció una ciudad magnífica. Ahora, casualmente, vivo y trabajo aquí. Arbitraba partidos de niños que sólo querían disfrutar y cansarse, partidos de chicas que empezaban con ilusión lo que ahora crece sin pausa como ‘deporte femenino’, partidos frenéticos entre pueblos rivales en campos de tierra, etc. Vivía en un pueblo pequeño, y cada fin de semana debía de obligar a mi padre a parar en sus labores del campo y que me llevase a los partidos. Era extraño ser el árbitro de Minglanilla y que la gente te reconociese por dicho cargo. Sin embargo, debido a mi temprana edad y variopintos motivos personales, tuve que dejarlo en mi primer año como aprendiz. Aunque sólo fuese un año, aprendí en abundancia unos conocimientos que me dieron la posibilidad de ver el fútbol desde otro ángulo.

Dejé de lado la tarea arbitral, pero a día de hoy sigo observando y disfrutando la acción del arbitraje en los partidos. Soy capaz de ver cosas que antes no veía. Gracias a ese año, he desarrollado un ojo que solamente vigila a los árbitros. Casi como si fuese un ojeador internacional y debiese de redactar un informe de los colegiados. Ellos tienen que lidiar con todo y con todos. Infinidades de protestas arraigadas en los nervios del partido. Un par de ojos que deben de cubrir veintidós jugadores, dos entrenadores y dos banquillos. Una tarea titánica que requiere el 150% de la concentración disponible y una preparación meticulosa. Los jugadores te recriminarán todo, que el entrenador te dirá que ese penalti te lo has inventado, que la grada te diga de todo menos bonico, etc. Nada de eso ayuda, y aunque parezca mentira, esas personas vestidas de árbitro son personas. Personas que buscan arbitrar a la perfección para influir lo mínimo en el terreno de juego y que se desarrolle el partido con naturalidad. Parece sencillo, pero a muchos les falla esta idea.

Ahora me dedico a fotografiar todo el deporte albaceteño posible. Me suelo inmiscuir en las bandas de los linieres para ver cómo portan ese banderín y lo alzan a la perfección, para ver cómo resisten la cantidad de quejas desde todos los puntos cardinales, de cómo trabajan y disfrutan haciendo lo suyo. En el fondo de mi persona, me regocijo al ver cómo los árbitros hacen su profesión. Aguantan mucho más de lo que uno pueda llegar a imaginarse, poseen una toma de decisiones rapidísima y acertada en la mayoría de veces, una preparación física y mental (esta última me parece de vital importancia) que pocos podrían tener, etc. Un sinfín de cualidades necesarias para un trabajo arduo. Os invito a que visualicéis este vídeo para comprender mejor aún qué es ser árbitro en un partido de Primera División.

Pero luego llega el momento en que diez voces de la grada te recriminan hasta cómo es tu forma de pitar, o seis jugadores se avalanchan sobre ti e intentan inútilmente que cambies de opinión respecto a lo señalado, o que el entrenador de turno se dirija a ti como una fiera porque le da rabia que su equipo no espabile y sólo lo pueda pagar con los fallos arbitrales. Situaciones cargantes que sobre todo, no ayudan al fútbol. Pese a quién le pese, el fútbol sin árbitros no existiría. Sería la ley de la jungla. La formación de árbitros de nivel es una tarea de todos, tanto de los estamentos arbitrales como de los jugadores, tanto como de los padres que van a animar a sus hijos como de los entrenadores. Respetar su trabajo y ayudarlo en la manera de lo posible debería ser una máxima en todos los terrenos de juego.  Y es que más allá de la figura del árbitro, está la del fútbol y sus valores. Unos valores que se amparan en el trabajo en equipo, el respeto por el rival, aprender a perder y a ganar, asumir responsabilidades y cumplirlas, priorizar el esfuerzo antes que los resultados, etc. Unos valores que hacen el mundo del deporte grande y brillante.

Todavía sigo creyendo en un mundo donde lo más grave que se le diga al árbitro sea un: “Árbitro, por favor, te has equivocado…” y no pase de ahí. Ni malos gestos, ni improperios, ni actitudes amenazantes y sobre todo, sin faltar el respeto. Sigo creyendo en ese mundo porque confío en que algún día, la gente entienda que ser árbitro no es una tarea fácil y que se debería valorar más. Por eso, en mi primer artículo de opinión en El Deporte de Albacete, invito a todas las árbitras y árbitros que sigan ejerciendo como les enseñaron. Los golpes que recibirán serán duros, y que no se preocupen si un día no arbitraron a la perfección, porque esto ya lo avisó Pierluigi Collina: “El fútbol no es un juego perfecto. No comprendo por qué se quiere que el árbitro lo sea”.

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