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Las páginas oscuras de la grandeza italiana

Italia es una de las tres selecciones que más entorchados mundiales posee, dos de ellos conseguidos en una oscura época

El deporte y la política siempre han ido de la mano. Como disciplina de congregación de masas, los eventos deportivos siempre han sido un lugar perfecto para manifestar, de muy distintas formas, una gran variedad de pensamientos e ideas políticas. Particularmente, el fútbol siempre ha estado fuertemente influenciado por la política en general. El naciente fútbol competitivo de selecciones no fue una excepción. Cuando la celebración de la Copa del Mundo aún no había aprendido a andar por su extrema juventud, este certamen fue utilizado para promocionar las primeras mechas de lo que posteriormente fue el estallido más oscuro de toda la historia del continente europeo. El segundo Campeonato del Mundo celebrado en tierras italianas estuvo marcado por una excepcional propaganda política fascista por parte de Mussolini. Los objetivos de “Il Duce” eran variados, pero todos con un mismo fin: demostrar al mundo la fuerza del incipiente nacionalismo italiano mediante una victoria de la selección italiana en el campeonato celebrado en su propio país.

La crisis económica y social que asoló Europa después de la Gran Guerra (1914-1918) tuvo como consecuencia un marcado descontento político en la población del viejo continente. Esto fue aprovechado por estamentos políticos radicales para aumentar su poder en forma de apoyo ciudadano asegurando unas mejores condiciones de vida y, sobre todo, señalando fuertemente a los culpables de la pobre situación económica. Ese discurso, apoyado en una oratoria nunca antes vista, persuadió a gran parte de la población de países como Italia y Alemania, citando los ejemplos más conocidos. Dichos discursos se apoyaban en aspectos clave como el culto al líder, adoctrinamiento de las masas y un férreo mensaje propagandístico que impidiera perder fuerza a las ideas iniciales.

El apartado deportivo se convirtió en una importante herramienta para exhibir un renovado y poderoso poder italiano en todos los aspectos. Sin embargo, la práctica deportiva también fue clave como formación disciplinaria de los jóvenes para asegurar el cumplimiento de los llamados “deberes fascistas”. Mussolini quiso demostrar la valía de la raza italiana mediante la creación de un deporte nacional propio, pero ante el fracaso de tal medida su mirada se tornó hacia el fútbol. La elección de Italia como sede del segundo Campeonato del Mundo de fútbol era su objetivo. Las presiones de “Il Duce” a una incipiente FIFA valieron la pena, ya que el torneo se celebraría en suelo fascista.

La Copa del Mundo de 1934 estuvo marcada por la ausencia de la anterior campeona del mundo, Uruguay. Los sudamericanos realizaron boicot al campeonato europeo a modo de protesta por la escasa presencia de selecciones del viejo continente en el Mundial celebrado en su país cuatro años antes. De esta forma, solo participaron cuatro selecciones no europeas: Argentina, Brasil, Estados Unidos y Egipto, siendo esta la primera selección africana que participaba en una Copa del Mundo. Además, el Mundial de 1934 fue el primer evento de esta índole que introdujo una fase de clasificación previa para estar presente en la fase final. Durante el desarrollo del campeonato los gestos fascistas así como la propaganda agresiva y nacionalista fueron constantes. Esta hacía referencia a la superioridad de la nueva Italia y del estado nacionalista hacia el exterior. Las presiones del régimen de Mussolini a los estamentos deportivos del campeonato se sucedían con asiduidad. El seleccionador Italiano Victorio Pozzo tenía la orden de hacer que su seleccionado saliera campeón del torneo. En el caso contrario las consecuencias podían ser muy duras. Los colegiados también fueron presionados por “Il Duce” con un éxito rotundo, como se vería durante el desarrollo del Mundial.

Cartel promocional del Mundial de Italia 1934. Vía: elmundo.es
Cartel promocional del Mundial de Italia 1934. Vía: elmundo.es

La obligatoriedad de ganar el torneo era tal que el propio régimen había atentado, en alguna ocasión, frente a sus propios ideales en busca de un mejor rendimiento de su equipo. De esta forma, se nacionalizaron varios jugadores sudamericanos con el fin de elevar el nivel de la selección “azzurra” de cara al Mundial de Italia. Se pretendía asegurar el éxito en el torneo mucho antes de su celebración. El plan de Mussolini fue ideado al detalle. Jugadores argentinos como Luis Monti, Attilio Demaría, Enrique Guaita y Raimundo Orsi y el brasileño Anfilogino Guarisi fueron nacionalizados italianos con el fin de poder ser incluidos en el seleccionado de Pozzo. El propio seleccionador defendió esta medida con la frase “si pueden morir por Italia, pueden jugar con Italia”.

Formación italiana previa a un partido del Mundial 1934. Vía: fifa.com
Formación italiana previa a un partido del Mundial 1934. Vía: fifa.com

La selección italiana comenzó el campeonato con buen pie. En la ronda de octavos de final se deshizo de Estados Unidos sin pasar ningún apuro, goleando y convenciendo al respetable. Sin embargo, la ronda de cuartos de final iba a ser totalmente distinta. Allí esperaba España, una España que por aquel entonces lucía en su bandera los colores republicanos. Razón de más para demostrar el poder fascista, debió pensar Mussolini. Lo cierto es que el encuentro fue enormemente duro, tanto a nivel físico como agresivo. Italia se empleó duramente ante una España mejor técnicamente y que no contó con el beneplácito del colegiado. Las duras entradas italianas no fueron correctamente amonestadas lo cual se saldó con numerosas bajas en el combinado español. El encuentro se cerró en empate, por lo que se tuvo que jugar un encuentro para desempatar. El estadio Giovanni Berta de Florencia fue digno espectador de ambas batallas, la segunda saldada con victoria por la mínima para los locales tras una llamativa enajenación arbitral. Rene Mercet, colegiado suizo, anuló dos goles legales al combinado español y validó el italiano tras una falta al portero español. Así las cosas, Italia se plantó en semifinales y Rene Mercet fue expulsado del arbitraje FIFA de por vida por las decisiones tomadas en aquel encuentro que pasó a conocerse como “La batalla de Florencia”.

La ronda de semifinales deparaba un durísimo enfrentamiento para los italianos. Austria había avanzado con paso firme hasta aquella ronda. Los austriacos formaban una generación implacable denominada como el “WunderTeam” y contaban en sus filas con el apodado como Mozart del fútbol, Matthias Sindelar. Sin embargo, la selección comandada por Pozzo y Benito Mussolini desde la grada llegaba motivada tras sus dos anteriores resultados. De nuevo entró en escena la mano arbitral para permitir que el conjunto anfitrión llegara a la final del campeonato del mundo. Fue en forma de gol concedido pese a que la posición era claramente ilegal. De esta forma se puso fin a la mejor generación de futbolistas austriacos hasta la fecha, ya que, pese a clasificarse para la Copa del Mundo de 1938, no participó por el “Anschluss”, proceso por el cual la Alemania Nazi de Hitler se anexionó Austria.

Checoslovaquia eliminó a Alemania en la otra semifinal evitando lo que posiblemente habría sido una fiesta entre dos aliados que posteriormente desencadenarían el terror en gran parte de Europa y del mundo: Hitler y Mussolini. La final la albergó el Estadio Nacional del Partido Nacional Fascista, donde la SS Lazio y la AS Roma jugaban sus encuentros ligueros. Las gradas se llenaron y “Il Duce” no faltó a la cita ataviado del clásico uniforme militar y simbología fascista. Como tantas otras veces, el partido dio comienzo no sin antes realizar el protocolario saludo fascista. La primera mitad fue muy igualada. El mejor jugador checo, el meta Planicka, demostró su fama de gran arquero. En el descanso, Pozzo puso en marcha una de sus conocidas tácticas, la que pasaría a denominarse como “Método italiano”. Un sistema piramidal con numerosos movimientos entre líneas que abrieran la defensa checa y otorgara la posibilidad de atacar más por dentro que por fuera. Se debe mencionar que pese a que los arbitrajes fueron grandes aliados de los italianos, esta selección nunca habría ganado lo que ganó sin su seleccionador y gran estratega, Vittorio Pozzo.

La segunda parte continuó con la misma igualdad que la primera. Sin embargo, Checoslovaquia asestó el primer golpe obra de Puc. El nerviosismo se apoderó de todas las almas presentes en el Estadio Nazionale PNF. Pese a la delicadeza de la situación, a Pozzo no le tembló el pulso y realizó algunas variaciones. Éxito. Raimundo Orsi apuró a nueve minutos para la conclusión para hacer el gol del empate. Una vez en la prórroga y con los checos bastante exhaustos, Schiavio consiguió el gol de la ansiada victoria italiana. Roma fue una fiesta fascista inundada con el uniforme oficial del partido, las camisas negras. Cuatro años después, con el estallido de la Segunda Guerra Mundial dependiendo de un hilo, Italia consiguió su segundo campeonato consecutivo en suelo francés. Las camisas negras y el saludo fascista se impusieron en territorio aliado. Italia no volvería a alzarse como campeona del mundo hasta el año 1982 en España. Los comienzos y mayores éxitos de la selección italiana se escribieron en páginas oscuras que, sin embargo, marcaron lo que ahora es: una de las mayores potencias del panorama futbolístico.

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